2021
Acto I
En un tiempo donde
la guerra y el invierno amenazaban con devastar cada pueblo de aquellos
parajes, dos figuras asediadas por el recuerdo de un hogar devorado por las
llamas y por el sonido de unas pisadas acechándoles las espaldas, se abrían
paso a través del bosque. Aquel era un lugar frío, horrendo, lleno de maleza y
de profundos acantilados. Entre más avanzaban más denso e impenetrable este se
hacía. Debían huir más lejos, más aprisa.
La niña, aferrada
al brazo ensangrentado de su madre, sentía cómo sus piernas se iban
debilitando. Sus faldas arrastraban la nieve al andar y a cada paso se hundía
más y más. El frío atravesaba la carne y penetraba los huesos, torturándola. La
niña no entendía por qué su madre la había despertado en mitad de la noche para
adentrarse en el bosque. Algo muy malo debió haber ocurrido. Pero aquello de lo
que escapaban debía ser, sin duda, mucho más terrible.
Finalmente, débil y
exhausta, cayó de bruces en la nieve y la mujer cayó junto a ella. Rodaron por
una ladera y quedaron sepultadas bajo el hielo. Penosamente lograron
arrastrarse hasta una roca y allí, en completo silencio, madre e hija se
abrazaron a la espera de la fría Muerte. Sí, ninguna resistiría mucho tiempo
bajo aquellas adversas condiciones. Si la tormenta no las mataba, al amanecer
los lobos se harían cargo de ellas.
La cruenta nevada
no cesaba. La pequeña cerró los ojos e intentó dormir, o al menos recordar cómo
hacerlo... Cada noche al ir a la cama su madre le relataba historias
fantásticas sobre seres mágicos que incitaban a soñar: «el bosque es un lugar
peligroso, hija mía. En él habitan cualquier tipo de criaturas terribles:
lobos, brujas perversas, gigantes; todos dispuestos a devorar a aquél que ose
aventurarse en sus dominios».
De repente el eco
de unas pisadas apartó a la niña de sus pensamientos y abrió los ojos. Aquello
era similar a un gran oso, todo cubierto de espeso pelaje. La enorme figura se
inclinó sobre la malograda madre y tanteó su brazo. Luego la miró a ella. La
niña intentó moverse, pero su cuerpo estaba completamente entumecido. Quiso
gritar pero sus cuerdas vocales se habían congelado. «No nos coma, señor
Gigante» musitó y enseguida cayó en un profundo sueño.
Acto II
«¿Estoy en el
cielo?» se preguntó la niña al despertar. A su lado, cerca de un agradable
fuego, halló a su madre, inmóvil, muerta. Sollozante se abrazó a aquel cuerpo
rígido, pero enseguida unas enormes manos la asieron por los pies y la
apartaron. Cuando alzó la cabeza para mirar al Gigante reprimió un escalofrío.
«Hija mía —le habló
su madre en sueños—, hace muchos años existió un hombre tan enorme, pero tan
enorme, que la gente vivía temerosa de él, le creían una especie de bestia
hostil, un ser diabólico que arruinaba las cosechas y maldecía a sus
primogénitos. Resueltos a deshacerse de aquel mal, las autoridades levantaron
un gran patíbulo en medio de la aldea para colgarlo; pero aquel hombre era tan
alto y pesado que cuando el verdugo abrió la compuerta para que cayera, toda la
estructura colapsó. Enfurecida, la turba condujo al condenado hasta el corazón
del bosque y allí lo dejaron caer desde el árbol más alto; pero con el tirón de
la soga las ramas se partieron. Frustrados, los aldeanos no tuvieron más
remedio que perdonarle la vida: “Vete Gigante, vete y no vuelvas jamás”».
Afuera hacía un
frio terrible. El Gigante sacó el cadáver de la madre y lo acostó en la nieve.
«No hará falta sepultarla —habló con aquella voz gutural—, la tormenta lo
hará». Antes de volver a la cabaña hurgó entre las ropas de la muerta y halló
la bolsa con monedas que esta celosamente guardaba. Enseguida se volvió hacia
la niña: «ve adentro, yo iré por comida». Luego tomó el hacha y desapareció en
la espesura del bosque. La chiquilla pensó que aquel “abominable hombre de las
nieves” jamás regresaría, pero sí volvió y ni esa noche ni el resto del
invierno faltó alimento.
En gratitud, la
pequeña limpió y cocinó para su insólito benefactor. No obstante este parecía
estar siempre enfadado, siempre con esa dura mirada y aquel severo tono de voz.
«¿No te resulto encantadora? —le preguntaba ella, sin dejar de mirar los
enormes brazos del Gigante, su espeso pelaje, la horrible cabezota—. Háblame de
ti». «No hay nada qué contar —respondía él—, vivo aquí, es todo». A pesar de la
hostilidad, compartir el hogar junto a aquel ser de fábula fueron los momentos
más increíbles que la jovencita podía recordar.
Una tarde, sin
embargo, mientras curioseaba entre las cosas del Gigante, la pequeña halló la
bolsa con monedas que había pertenecido a su difunta madre. «Dime, Gigante. ¿Si
no has gastado este dinero en comida, de dónde has sacado el alimento?» le
preguntó ella, a lo que él respondió: «Nos hemos estado comiendo a tu madre».
Y así, niña y
Gigante vivieron juntos en los confines de aquel bosque encantado. Hasta que un
día emergió de entre los árboles el perverso Coronel, un cruel villano que se
había aprovechado de la guerra para su propio beneficio. Aunque la enfrenta
había cesado meses atrás, terribles injusticias seguían ocurriendo por aquellos
parajes: saqueos, matanzas… «Esta tierra, embriagada con la sangre de mis
soldados, también aprenderá a obedecerme» se jactaba de decir el criminal. Y es
que sus victorias en batalla le habían ganado el respeto y la admiración de sus
hombres; no obstante estos huyeron despavoridos ante el colosal “Yeti” que les
salió al paso (hacha en mano) en medio del bosque.
«¡Saludos, Gigante!
—exclamó el Coronel, ataviado en su rutilante uniforme militar—. Hace meses fue
asaltada y quemada una mansión muy cerca de aquí. Por desgracia sus ocupantes,
una mujer y una niña, huyeron por este condenado bosque sin fin. Dime, buen
Ogro, ¿las has visto?». El Gigante cerró su puño en torno al hacha y miró al
hombre como si quisiera partirlo en dos. Lo conocía, aquel hombre era uno de
los que una vez quisieron ahorcarlo.
Impaciente, el
Coronel desenfundó su arma y sin mediar palabra disparó: ¡¡BANG!! Enseguida se
escuchó un grito proveniente de la cabaña, la puerta se abrió y la niña salió
corriendo en pos de su amigo herido. Cuando sus pequeños ojos se cruzaron con
los del perverso Coronel súbitamente retrocedió. Ella también lo conocía. «Padre».
Acto III (final)
Un crujir de ramas
hizo despertar a la joven. «¿Dónde estoy?». Lentamente se irguió sobre la cama
y encendió la lámpara. Con el sueño aún en sus ojos, observó la habitación de
su difunta madre. La última vez que estuvo allí era tan solo una niña. «Aún me
aferro a la esperanza de volverte a ver, hija mía» había escuchado en sueños. Fue
entonces que aquel episodio, el que mucho tiempo permaneció bloqueado en su
mente, resurgió para revelarle toda la verdad: «¡Si te atreves a tocarla juro
ante el Señor que tus ojos no volverán a ver un nuevo amanecer!» escuchó gritar
a su Madre, aquella noche fatídica. Hubo un forcejeo. Un disparo. ¡Fuego! Más
tarde madre e hija huirían a través del bosque dejando a sus espaldas un hogar
en llamas. «El bosque es un lugar peligroso, hija mía. En él habitan todo tipo
de criaturas terribles».
¡¡BANG!! La
puntería del Coronel resultó demasiado certera. El gigante se apretó el pecho
con fuerza y cayó sobre la nieve. La niña corrió desde la cabaña hasta los
brazos de su amigo quien, agonizante, contempló con amor aquella pequeña carita,
un dulce rostro enmarcado por largos cabellos rubios que caían suaves por sus
hombros desprendiendo un gratificante aroma a hierbas y a flores. «Volveremos a
estar juntos, pequeña» le dijo antes de cerrar los ojos.
La ventana se abrió
de golpe y una fría ventisca penetró en la habitación. Descalza, la jovencita
corrió a cerrarla y al asomar la cabeza lo vio. Sí, ahí estaba, oculto entre el
follaje. Inmediatamente tomó su abrigo y bajó las escaleras. En el salón, plácidamente
sentado frente a la chimenea, halló a su padre, el Coronel. Este giró la cabeza
como un búho y se le quedó mirando. A pesar de su evidente envejecimiento, de
las mejillas chupadas y las cuencas de los ojos hundidas, aún conservaba
aquella imponencia que siempre lo caracterizó. «Sabía que retornarías al hogar,
hija mía» le dijo.
Luego se levantó y avanzó
lentamente hacia ella. Cuando la tuvo enfrente alzó el hacha que traía entre
sus manos y… ¡ZAS! Chorreante, la pequeña cabeza rubia voló por el salón y se
estrelló en la chimenea, consumiéndose en el fuego. Al cruel villano le gusta
asegurar que el hachazo fue tan potente que pulverizó a la niña en el acto.
Como sea, ya no importaba, la maldad una vez más había vencido.
La luz del bosque
comenzaba a cambiar. El amanecer iba tiñendo de rojo el firmamento. Y en el
jardín secreto, allí donde enterraron a su Madre, donde las estrellas parecían
brillar más que en ningún otro lado, la niña y el Gigante se reunieron, para
nunca jamás separarse.
R.