2013
Mamá solía contarme la historia de cómo papá y ella se habían conocido: «Una noche el pobre hombre estaba acostado en su hamaca cuando de pronto cayó una tormenta y el techo salió volando con él enganchado; despertó al otro día en La Sierra, metido en el alambique de mis papás... Apenas lo vi me enamoré, fue como un flechazo. Luego me trajo a Coro y naciste tú».
Ah, cómo me gustaba esa historia.
***
La única posesión de valor que teníamos, a parte de nuestra achacosa casita, era un viejo Apache ‘56 con el que papá y yo subíamos a buscar natilla para la venta. ¡Más sabroso! Todos los fines de semana mi mamá se encomendaba al Señor y nos íbamos a La Sierra a disfrutar de aquel maravilloso paisaje falconiano: cardones, pequeñas capillas a orilla de carretera, Harley Davidsons y toda esa gente labriega de por esas partes, Taratara, Mapararí…
Recuerdo que estando por Curimagua, allá en el Haitón, contemplé con fascinación aquel profundo abismo y pensé: «si empujara a papá ahí dentro seguramente nadie lo encontraría».
Jamás creí que llegaría hacer algo… algo tan terrible.
R.
3 feb 2013
1 dic 2012
Las Uvas del Tiempo (revisited)
2012
¡Feliz última Navidad!
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| Indiolenon #015 |
Según,
si se comen 12 uvas mientras suenan las 12 campanadas de la Nochevieja se puede
atraer la buena suerte en el año entrante. Esta tradición decembrina viene
asociada casi por herencia con escuchar en la radio el poema de Andrés Eloy
Blanco Las Uvas del Tiempo: “Madre, esta noche se nos muere un
año…”.
En Coro es típico decir: “primo, si usted no ha escuchado a Pepe Lupe (Polanco) un 31 no es coriano”. Esa noche, sin duda la de mayor sintonía radial en la entidad, miles de familias vestidas con sus mejores galas, bailan y se embriagan frente a sus receptores a la espera de las campanadas que anuncian la llegada del Año Nuevo. Ahora bien, ¿qué sucedería si de pronto se interrumpieran Las Uvas para emitir el primer Boletín informativo del Fin del Mundo? “Sí, señoras y señores, los Mayas sólo se pelaron por diez días, en breves instantes el meteoro Apophis impactará la tierra y todos, absolutamente todos, moriremos”.
En Coro es típico decir: “primo, si usted no ha escuchado a Pepe Lupe (Polanco) un 31 no es coriano”. Esa noche, sin duda la de mayor sintonía radial en la entidad, miles de familias vestidas con sus mejores galas, bailan y se embriagan frente a sus receptores a la espera de las campanadas que anuncian la llegada del Año Nuevo. Ahora bien, ¿qué sucedería si de pronto se interrumpieran Las Uvas para emitir el primer Boletín informativo del Fin del Mundo? “Sí, señoras y señores, los Mayas sólo se pelaron por diez días, en breves instantes el meteoro Apophis impactará la tierra y todos, absolutamente todos, moriremos”.
¿Cuesta
imaginárselo?
La
histeria colectiva provocada por La
guerra de los mundos de Orson Welles demostró el poder persuasivo que posee
la radio. El narrador se oiría nervioso, aterrorizado; al
fondo se escucharían disparos, sirenas, alaridos de horror. Presas del pánico, los radioescuchas serían incapaces de cambiar el
dial, de moverse, de tan siquiera respirar. Por supuesto, una vez culminada la
transmisión se confesaría que todo ha sido una farsa. ¿Humor? ¿Un nuevo e inoportuno homenaje a la obra de H. G. Wells? ¿Una falta de respeto a nuestro insigne poeta Andrés Eloy Blanco? Habrá malestar,
desde luego, pero no cabrá la menor duda de que aquellos que comieron sus uvas —y los que no— se sentirán agradecidos por la suerte que han tenido de
recibir un Año Nuevo más con vida. Y es que… ¡vamos! al fin y al cabo cada fin
de año es como prepararse para el Fin del Mundo, ¿o no lo ven así?
¡Feliz última Navidad!
R.
20 nov 2012
La Gran Atrapada
2012
Después de Crónica de un sueño (1998), por fin un nuevo corto:
"La Gran Atrapada". ¡Que lo disfruten!
ENLACE YOUTUBE
Realizado por:
ACOSTA, Fernando
DE LEÓN, Gleudy
DÍAZ, Ricardo
YARAURE, Nery
ZAVALA, Carol
Teoría y práctica de Cámara e Iluminación
TSU Artes Audiovisuales (II Trismestre)
UNEFM
R.
Después de Crónica de un sueño (1998), por fin un nuevo corto:
"La Gran Atrapada". ¡Que lo disfruten!
ENLACE YOUTUBE
Realizado por:
ACOSTA, Fernando
DE LEÓN, Gleudy
DÍAZ, Ricardo
YARAURE, Nery
ZAVALA, Carol
Teoría y práctica de Cámara e Iluminación
TSU Artes Audiovisuales (II Trismestre)
UNEFM
R.
9 nov 2012
Desde el Invierno (2da parte)
2012
Retomando este intento de relato infantil:
Lee la primera parte AQUÍ
«¿Estoy en el cielo?» se preguntó la niña al despertar. A su lado, cerca de un agradable fuego, halló a su madre, inmóvil, muerta. Sollozante se abrazó a aquel cuerpo rígido, pero enseguida unas enormes manos la asieron por los pies y la apartaron. Cuando alzó la cabeza para mirar al Gigante reprimió un escalofrío. «Hija mía —le habló su madre en sueños—, hace muchos años existió un hombre tan enorme, pero tan enorme, que la gente vivía temerosa de él, le creían una especie de bestia hostil, un ser diabólico que arruinaba las cosechas y maldecía a sus primogénitos. Resueltos a deshacerse de aquel mal, las autoridades levantaron un gran patíbulo en medio de la aldea para colgarlo; pero aquél hombre era tan alto y pesado que cuando el verdugo abrió la compuerta para que cayera, toda la estructura colapsó. Enfurecida, la turba condujo al condenado hasta el corazón del bosque y allí lo dejaron caer desde el árbol más alto; pero con el tirón de la soga las ramas se partieron. Frustrados, los pobres aldeanos no tuvieron más remedio que perdonarle la vida: “Vete Gigante, vete y no vuelvas jamás”». Afuera hacía un frio terrible. El Gigante sacó el cadáver de la madre y lo acostó en la nieve. «No hará falta sepultarla —dijo con aquella voz gutural—, la tormenta lo hará». Antes de volver a la cabaña hurgó entre las ropas de la muerta y halló la bolsa con monedas que ésta celosamente guardaba. Enseguida se volvió hacia la niña: «ve adentro, yo iré por comida». Luego tomó el hacha y desapareció en la espesura del bosque. La chiquilla pensó que aquel “abominable hombre de las nieves” jamás regresaría, pero sí volvió y ni esa noche ni el resto del invierno faltó alimento. En gratitud, la pequeña limpió y cocinó para su insólito benefactor. No obstante éste parecía estar siempre enfadado, siempre con esa dura mirada y aquel severo tono de voz. «¿No te resulto encantadora? —le preguntaba ella, sin dejar de mirar los enormes brazos del Gigante, su espeso pelaje, la horrible cabezota—. Háblame de ti». «No hay nada qué contar —respondía él—, vivo aquí, es todo». A pesar de la hostilidad, compartir el hogar junto a aquel ser de fábula fueron los momentos más increíbles que la jovencita podía recordar. Una tarde, sin embargo, mientras curioseaba entre las cosas del Gigante, la pequeña halló la bolsa con monedas que había pertenecido a su difunta madre. «Dime, Gigante. ¿Si no has gastado este dinero en comida, de dónde has sacado el alimento?» le preguntó ella, a lo que él respondió: «Nos hemos estado comiendo a tu madre». Y así, niña y Gigante vivieron juntos en los confines de aquel bosque encantado. Hasta que un día emergió de entre los árboles el perverso Coronel, un cruel villano que se había aprovechado de la guerra para su propio beneficio. Aunque la enfrenta había cesado meses atrás, terribles injusticias seguían ocurriendo por aquellos parajes: saqueos, matanzas… «Esta tierra, embriagada con la sangre de mis soldados, también aprenderá a obedecerme» se jactaba de decir el criminal. Y es que sus victorias en batalla le habían ganado el respeto y la admiración de sus hombres; no obstante éstos huyeron despavoridos ante el colosal “Yeti” que les salió al paso (hacha en mano) en medio del bosque. «¡Saludos, Gigante! —exclamó el Coronel, ataviado en su rutilante uniforme militar—. Hace meses fue asaltada y quemada una mansión muy cerca de aquí; por desgracia sus ocupantes, una mujer y una niña, huyeron por este condenado bosque sin fin. Dime, buen Ogro, ¿las has visto?». El Gigante cerró su puño en torno al hacha y miró al hombre como si quisiera partirlo en dos. Lo conocía, aquél era uno de los que una vez quisieron ahorcarlo. Impaciente, el Coronel desenfundó su arma y ¡¡BANG!! Tras el disparo se escuchó un grito proveniente de la cabaña. La puerta se abrió y la niña salió corriendo en pos de su amigo herido. Cuando sus pequeños ojos se cruzaron con los del perverso Coronel súbitamente retrocedió, lo conocía, sabía perfectamente quién era aquel hombre vil: «Padre».
Retomando este intento de relato infantil:
Lee la primera parte AQUÍ
«¿Estoy en el cielo?» se preguntó la niña al despertar. A su lado, cerca de un agradable fuego, halló a su madre, inmóvil, muerta. Sollozante se abrazó a aquel cuerpo rígido, pero enseguida unas enormes manos la asieron por los pies y la apartaron. Cuando alzó la cabeza para mirar al Gigante reprimió un escalofrío. «Hija mía —le habló su madre en sueños—, hace muchos años existió un hombre tan enorme, pero tan enorme, que la gente vivía temerosa de él, le creían una especie de bestia hostil, un ser diabólico que arruinaba las cosechas y maldecía a sus primogénitos. Resueltos a deshacerse de aquel mal, las autoridades levantaron un gran patíbulo en medio de la aldea para colgarlo; pero aquél hombre era tan alto y pesado que cuando el verdugo abrió la compuerta para que cayera, toda la estructura colapsó. Enfurecida, la turba condujo al condenado hasta el corazón del bosque y allí lo dejaron caer desde el árbol más alto; pero con el tirón de la soga las ramas se partieron. Frustrados, los pobres aldeanos no tuvieron más remedio que perdonarle la vida: “Vete Gigante, vete y no vuelvas jamás”». Afuera hacía un frio terrible. El Gigante sacó el cadáver de la madre y lo acostó en la nieve. «No hará falta sepultarla —dijo con aquella voz gutural—, la tormenta lo hará». Antes de volver a la cabaña hurgó entre las ropas de la muerta y halló la bolsa con monedas que ésta celosamente guardaba. Enseguida se volvió hacia la niña: «ve adentro, yo iré por comida». Luego tomó el hacha y desapareció en la espesura del bosque. La chiquilla pensó que aquel “abominable hombre de las nieves” jamás regresaría, pero sí volvió y ni esa noche ni el resto del invierno faltó alimento. En gratitud, la pequeña limpió y cocinó para su insólito benefactor. No obstante éste parecía estar siempre enfadado, siempre con esa dura mirada y aquel severo tono de voz. «¿No te resulto encantadora? —le preguntaba ella, sin dejar de mirar los enormes brazos del Gigante, su espeso pelaje, la horrible cabezota—. Háblame de ti». «No hay nada qué contar —respondía él—, vivo aquí, es todo». A pesar de la hostilidad, compartir el hogar junto a aquel ser de fábula fueron los momentos más increíbles que la jovencita podía recordar. Una tarde, sin embargo, mientras curioseaba entre las cosas del Gigante, la pequeña halló la bolsa con monedas que había pertenecido a su difunta madre. «Dime, Gigante. ¿Si no has gastado este dinero en comida, de dónde has sacado el alimento?» le preguntó ella, a lo que él respondió: «Nos hemos estado comiendo a tu madre». Y así, niña y Gigante vivieron juntos en los confines de aquel bosque encantado. Hasta que un día emergió de entre los árboles el perverso Coronel, un cruel villano que se había aprovechado de la guerra para su propio beneficio. Aunque la enfrenta había cesado meses atrás, terribles injusticias seguían ocurriendo por aquellos parajes: saqueos, matanzas… «Esta tierra, embriagada con la sangre de mis soldados, también aprenderá a obedecerme» se jactaba de decir el criminal. Y es que sus victorias en batalla le habían ganado el respeto y la admiración de sus hombres; no obstante éstos huyeron despavoridos ante el colosal “Yeti” que les salió al paso (hacha en mano) en medio del bosque. «¡Saludos, Gigante! —exclamó el Coronel, ataviado en su rutilante uniforme militar—. Hace meses fue asaltada y quemada una mansión muy cerca de aquí; por desgracia sus ocupantes, una mujer y una niña, huyeron por este condenado bosque sin fin. Dime, buen Ogro, ¿las has visto?». El Gigante cerró su puño en torno al hacha y miró al hombre como si quisiera partirlo en dos. Lo conocía, aquél era uno de los que una vez quisieron ahorcarlo. Impaciente, el Coronel desenfundó su arma y ¡¡BANG!! Tras el disparo se escuchó un grito proveniente de la cabaña. La puerta se abrió y la niña salió corriendo en pos de su amigo herido. Cuando sus pequeños ojos se cruzaron con los del perverso Coronel súbitamente retrocedió, lo conocía, sabía perfectamente quién era aquel hombre vil: «Padre».
(Fin de la segunda
parte. Desenlace en la tercera)
R.
29 oct 2012
17 oct 2012
La Niña Cíclope
2012
La hija de mi vecino era igualita a uno de esos seres
mitológicos que salen en los libros fantásticos; “niña-cíclope” le decían, pues sólo
tenía un ojo. ¡Uno solo! Pero no siempre había sido tuerta. Según, un día la
carajita le pidió a su papá: «¡Quiero un parche, papi, quiero un parche! Los
parches están de moda. ¡Andaaa!». Fue tanto el lloriqueo que la niña le montó que el pobre hombre, ya obstinado, le sacó un ojo con el tenedor. «¡Gracias,
gracias, gracias! —exclamó la hija, feliz—. ¡Eres el mejor papá del mundo!».
Cuando la “niña-cíclope” salió a mostrarle a sus amiguitas lo chic que
se veía, estas comenzaron a mofarse de ella; la moda de los parches ya había
pasado.
R.
30 sept 2012
Piñata
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