29 oct. 2011

Larga vida al Indio

2011

Indiolenon #008: 20 AÑOS, 29/10/1991 - 29/10/ 2011 















    Molesta, Cristina le dio un puntapié a la puerta y exclamó:
    —¡No juegues a eludirme, en eso soy mejor que tú!
    Una débil voz se dejó escuchar del otro lado:
    —Hoy no es fin de mes, vuelve mañana.
    —Mañana no puedo venir, tengo consulta.
    —Entonces ven el mes próximo.
    Imposible negociar con él, aquella absurda cláusula suya, esa que restringía las visitas a solo una cada treinta días, era inalterable.
    —¡Abre de una buena vez, coño! —protestó—. Traje lo que me pediste…
    Hubo un breve silencio. Enseguida se oyó la cerradura destrancarse, la puerta se abrió e Indio Lenon asomó la cabeza.
    —¿Me trajiste el “Diablo rojo”?
    —No.
    —¿Y el “Campeón”?
    —Tampoco.
    Sabiéndose engañado (aquellos apelativos hacían referencia a un destapador de cañerías y a un veneno para ratas), el Indio emitió un gruñido y dejó entrar a la mujer. Ésta, sin siquiera dirigirle la palabra, atravesó la penumbrosa sala y descorrió las cortinas. El sol irrumpió en el lugar como una explosión de luz incandescente.
    —¡Ahhhhhhhhhh! —chilló el hombre, protegiéndose los ojos del brillo cegador—. ¿Deseas matarme?
    Cristina lo miró y se espantó. Estaba pálido, hecho un guiñapo, juraría que hasta llevaba puesta la misma ropa de la última vez: una roída franela de Dark side of the moon y un descolorido pijama a rayas. «Al menos anda vestido», se dijo aliviada.
    —¿Pensabas dejarme allá afuera? —preguntó.
    —Pudiste haber sido una groupie psicótica disfrazada, no puedo fiarme, hay mucha gente loca por ahí. Además, hoy no es día de visitas, lo sabes.

29 de octubre de 1991
    Cansada de estar de pie, la mujer se quitó el suéter, tomó asiento en uno de los sillones y le echó un vistazo al recinto. A diferencia de su desmejorado anfitrión, el lugar se veía pulcro y ordenado: en una esquina de la habitación halló las guitarras, el sitar y el mellotrón; en las paredes relucían los discos de oro, los premios, los carteles de sus presentaciones y varias fotos enmarcadas del indio junto a celebridades de la talla de Barbra Streisand, Bono y algunos miembros del numeroso clan Lenon.
    Cristina estiró la mano hasta una mesa e inspeccionó la superficie con el dedo. Nada, no halló siquiera esa fina capa de polvo que siempre lo cubría todo. El lugar estaba impecable. «¿Se habrá obsesionado con gérmenes y máscaras quirúrgicas?».
    Indio Lenon arrastró los pies hasta el sofá y se dejó caer pesadamente. Se veía fatal, el retiro había acabado con él. Dolía verlo: tenía los ojos hinchados (por el sueño, la resaca o quizá ambas cosas), su piel estaba de un blanco cadavérico, llevaba el cabello largo, una desaliñada barba y una mosca que no paraba de revolotear a su alrededor.
    —Parece que necesitas un buen reconstituyente —le soltó ella.
    El hombre tosió.
    —Lo que necesito con urgencia es un ataúd.
    —Ese asunto tuyo de morir ya aburre, ¿sabías? No te digo que cambies de golpe pero podrías hacer un esfuerzo.
    —No fastidies, "ese asunto" le sienta muy bien a mi carrera.
    —Mijo, ¿cuál carrera?
    En efecto, después del escándalo por abuso de drogas, los arrestos y las inacabables querellas contra las viudas de los miembros de su extinta banda, finalmente los fans se hartaron; las limusinas, el jet, las chicas en bikini, las fiestas, todo, todo había desaparecido. Las luces se apagaron y los altavoces dejaron de sonar, incluso los hoteles habían enviado las facturas por sus cuartos destrozados. La discográfica solo reeditaba material viejo, box set para coleccionistas o explotaban su imagen en campañas publicitarias y tributos.

1993-1994
    Indio Lenon, el chico de Coro, superviviente del hair metal y el grunge, había llegado a ser el artista más exitoso de todos los tiempos, el más galardonado, el de las extensas giras. Algunos de sus trabajos más emblemáticos, los clásicos INDIO LENON Black and White, INDIO LENON Unplugged e INDIO LENON Circus, obras aclamadas por Billboard y la Rolling Stone, habían batido records de ventas alrededor del planeta, un hecho que le hizo acreedor de un lugar en el Rock and Roll Hall of Fame, y de un Guinness World Records como la estrella de mayor popularidad entre los '90 y comienzos de la década siguiente. Era una LEYENDA, una figura de culto, su legado había inspirado a infinidad de bandas emergentes y estrellitas pop sin talento; sin duda, uno de los artistas más influyentes en la industria del espectáculo.
    Pero como todo rockstar respetable, después del arrollador éxito vino su muy publicitado hundimiento. En las fechas finales del tour de despedida el artista enloqueció, adoptó un comportamiento errático que nadie esperó ni comprendió. Había perdido facultades, ya no cantaba, ni actuaba. Su último concierto, de hecho, apenas duró cinco minutos: durante los primeros acordes, y ante la mirada atónita de los cientos de espectadores que habían ido a verle, se desplomó en medio del escenario y empezó a convulsionar, tuvieron que cancelarlo todo, un episodio lamentable.
    Su padecimiento no era locura propiamente dicha, al menos no el tipo de locura que da por abrirse las venas o lanzarse por la ventana —y es que a su edad ya sabía que no entraría al prestigioso club de los 27—. No, él sencillamente había dejado de disfrutarlo; su adicción solo sirvió de excusa para abandonar definitivamente aquel mundo de fama y riqueza que ya no le satisfacía. En su rostro no había nada que transmitiera placer, afecto o siquiera algo de orgullo por su trabajo. No había nada.
    Incapacitado ya para las presentaciones y las grabaciones, los productores, en gratitud con el hombre que les había hecho ganar millones, le acondicionaron un nuevo hogar en las afueras de la ciudad, en un modesto vecindario apto para el retiro y la vida en anonimato. Allí nadie lo reconocería ni le acosaría por autógrafos. Él simplemente debía «relajarse y continuar con su vida». Su familia y su representante se harían cargo de todo lo demás: le dotaron de alimentos, una laptop con acceso a internet y varios frascos de antidepresivos por si acaso; no le dejaron dinero, no podían darse ese lujo, las regalías apenas si alcanzaban para el alquiler y los abogados. Una vez al mes vendrían a verlo, sólo para cerciorarse de que aún respiraba.

1992
    Las visitas de Cristina eran completamente diferentes. Ella era la ex novia de Indio Lenon, la única que portó licencia de “novia”. Hubo otras mujeres en su vida, desde luego, pero sólo a ella amó —y aún amaba—. A pesar de su ruptura nunca dejó de preocuparse por él, de contactarlo, de visitarlo. Sus encuentros, que no incluían sexo ni coincidían con las visitas de sus familiares, eran una bocanada de aire fresco, le revitalizaban en todos los sentidos. El que ahora ella tuviese marido e hijos no era inconveniente.
    Acostumbrado ya a la luz del sol, el Indio sondeó con la mirada a su inesperada visitante: cabello, labios, senos, vientre… Hubo una época en que llegó a conocer a la perfección los contornos de aquel cuerpo, las zonas erógenas, su olor; ahora las cosas habían cambiado, debajo de aquel elegante vestido una panza se hinchaba con cada visita, con cada mes.
    —¿Cómo va el embarazo?
    —Pronto estallaré —respondió ella—. Pasará un tiempo hasta que pueda volver a venir.
    —¿Gustas un coñac?
    —No, gracias...
    —¿Ensalada o jugo? Tengo de todos los colores.
    —¿«ensalada o jugo»?
    —Lo sé, lo sé, mi comida no me comprende.
    —La próxima vez te traeré un pan con mortadela.
    Sí, aún la amaba. Lo curioso es que había sido él quien la exhortó a abandonarlo: «no te mereces un tipo como yo —le dijo el mismo día que ella le exigió una vida más hogareña—, sabes que no soy de esos hombre que saben arreglar el carro, hacen parrilladas los domingos o comentan los deportes junto al suegro, no; tampoco uno de esos pobres diablos que viajan en descapotables y juegan golf en clubes privados mientras invierten acciones en la bolsa por celular».
    Finalmente, hace unos años Cristina conoció a un “partidazo”, un médico cirujano de sangre azul con clínica propia; se casaron, tuvieron dos niños y ya habían encargado un tercero para navidad.
    —Estás como para una portada tipo In Utero —dijo el artista y casi tuvo una erección al pensar en ella desnuda—. Nunca me he acostado con una mujer encinta.
    —En eso te lleva una amplia ventaja mi marido.
    El Indio no sonrió.
    —A todas estas —continuó la mujer—, ¿qué hiciste con aquellas polaroids donde aparezco desnuda?
    —Hefner me ofreció una fortuna; lo estoy pensando…

#007: Jonaikel-Ricardo, 2011
   Aparte de gente sin ropa retozando en la mansión del amor de Jack Nicholson, en aquellas instantáneas también podía verse a un jovencísimo Indio Lenon con pantalones de cuero, camisa de seda y pelo “enlacado” sirviéndole el desayuno en la cama a una inocente Cristina; en otra se les veía jugando con aquel difunto conejo que habían adoptado en los comienzos de su relación como prueba de su imperecedero amor. Particularmente les gustaba recordar aquellos días en su viejo apartamento cuando, después de un buen cannabis, se arrastraban por el piso muertos de la risa imaginando a Enrique Bunbury enjaulado en medio de la sala cantando para ellos: «rua, rua —le decían—, canta Bunbury, canta. ¡Eres un buen loro!».
    —¿Cómo están los niños? —preguntó el Indio.
    A Cristina se le iluminó el rostro.
    —¡Grandes y tremendos! Esos diablillos son los seres que más amo en el mundo. Me gustaría traerlos un día para que te conozcan.
    El hombre de pronto pareció muy incómodo, como si le doliera la barriga o le chirriaran los tímpanos. Típico. La mujer sabía que jamás podría hacerle aflorar sentimientos a su ex amante. A él no le interesaba absolutamente nadie.
    —Si tanto odias a los niños por qué me preguntas por ellos —indagó Cristina.
    —Ya sabes por qué...
    —Lo que nunca entenderé es que el tema principal de tus canciones siempre es la niñez… Por cierto, ¿aún te gusta brincar por los tejados como Peter pan?
    Indio Lenon sonrió. Había mordido el anzuelo. Lo que más le animaba a un ermitaño era hablar como un desbocado.
    —¡Ah, deberías probarlo un día! —exclamó él—. De noche me encaramo en el techo y voy de casa en casa zambulléndome en los tanques de agua de mis vecinos. ¡Que nota! ¡Que frío! Es como estar inmerso en un pequeño jacuzzi. ¡Y la vista! ¡Espléndida! Anda, quítate el vestido y vamos a nadar. Aunque debo advertirte que a veces los ojos fisgan, engullen; antenoche una viejecita sonámbula me sorprendió “humeando” en pelotas, mojao, enjabonao: «¡Deguste usted, bribona —le grité—, y recójase!». Estos nativos sí que me entretienen. La semana pasada sorprendí a una de mis fogosas vecinas, a la “bateadora”, bateando con el bate que no era de ella. Sí, soy un mal vecino, después del baño lunático suelen entrarme ganas de orinar, pero no orino en cualquier tanque, sólo en la de la gente mala; como esos que arrojan la basura a la calle o maltratan a sus mascotas. Temprano en la mañana los espío por la mirilla de la puerta y me cago de risa al verlos aseaditos para ir al trabajo.
    —Imagino que aquí puedes atrincherarte a placer —comentó su interlocutora—, eludir la realidad. ¿No has probado salir de aquí, tomar aire fresco, hablar con otras personas?
 
1996
    —Allá afuera no hay nada para mí. Prefiero no asomar la cabeza más allá de estas paredes, temo encontrarme con algún fan loco o una monja pidiendo donativos. Olvídalo, la última vez sentí el terrible impulso de cometer un homicidio. No no no, mejor continuemos como estamos, este sistema de visitas me resulta ventajoso. Aunque, sinceramente, me quejaría menos si viviera en un palafito, rodeado de agua, sin vecinos alrededor que se pasen el día trasteando en sus garajes, con sus matracas y sus reuniones de Tupperware. ¡Ah, tengo los nervios destrozados! Desde que Caribe Lenon se ahogó en su propio vómito y a Chino Lenon lo encontraron flotando boca abajo en su piscina, presiento que algo va a pasarme; ya sabes que no le temo al segador, pero nuestro pacto podría caducar... —tosió varias veces—. ¿Dónde dijiste que quedaba el geriátrico?
    Cristina se quedó viendo a la mosca que siseaba por toda la sala deseando tener alguna revista a la mano para aplastarla.
    —Sabes —prosiguió el Indio—, la semana pasada casi muero, sufrí un terrible tortícolis y quedé tendido en medio de la sala, paralizado. No pude ni alcanzar el teléfono para pedir ayuda, pasé horas allí tirado, rastrero, mirando a ras del suelo como una hormiga. “Mirada de hormiga”. No no no, no pienso convertirme en una cucaracha gigante ni en nada por el estilo.
    —Que alivio... —dijo ella, sin prestarle demasiada atención—. A ver, y dime, ¿hay alguna chica nueva por allí? Sé que es algo que no me incumbe pero...
    —Huh… Es inevitable no extrañar a esas criaturas celestiales llamadas mujeres. ¡Sin ofender! Este deseo irracional de sexo no se quita con el celibato, sabes. Me esfuerzo en mantenerme ocupado para evitar pensar demasiado en eso, pero mi rutina diaria siempre se ve interrumpida. Te cuento: todas las mañanas pasa una mujer trotando por el frente de la casa. ¡María purísima! Tetas bamboleando, culo sudado… Es impresionante, es como volver a pasar por los síntomas del delirium tremens. He pensado en seguirla, acercarme sigilosamente por detrás y preguntarle: «¿quieres que te deje en paz, que desaparezca, que muera?». ¡Bah! No me hace falta en realidad. ¿Has visto a la mujer que viene a limpiar?, ¿la que pesa como veinte toneladas? Es mi amante. Ahí tienes pues, el secreto de por qué está todo tan limpio.
    Ambos se miraron a la cara y rieron al unísono.
    —Vaya… —comentó Cristina—. Esa sí que es una señal de mejoría. A diferencia del resto de nosotros los mortales, ella si puede venir a diario.
    El hombre bajó la cabeza y clavó la mirada en la alfombra.
    —Dime, Cris, dime de una vez por qué sigues viniendo. ¿Para sentirte bien contigo misma, es eso?

2011
    —Deja el drama. ¿Acaso olvidaste que fuiste tú quien me aborrecía? Odiabas todo de mí. Mi manera de vestir, de caminar, de hablar; mis uñas, mi pelo, ¡todo! Fue algo criminal. Realmente me hiciste sentir muy mal.
    El Indio ahora parecía muy nervioso, inquieto, ansioso.
    —Lo siento —dijo, con voz entrecortada—. Finalmente creo que me he convertido en una de esas caricaturas que un día, quizá por flojera del autor, aparece sin pigmento, incompleta, mal hecha. Esas rehabilitaciones y peregrinaciones a la India no sirvieron de nada. Hay días en que ni me reconozco en el espejo, me siento fatigado, falto de entusiasmo, sin apetito, irritado y con ganas de romper algo. ¿Qué hago ahora? ¿Me uno a la iglesia o me planteo una carrera como cantante de bodas?
    Afuera comenzaba a anochecer. La mujer miró su reloj, hora de volver a casa. Se levantó del sillón, caminó lentamente hasta el sofá y se sentó junto al hombre.
    —Lo tuyo es un problema de motivación —le dijo, acariciándole el cabello—, nada más. ¡Eres Indio Lenon, coño! ¡INDIO LENON! Una deidad.
    —¿Deidad? ¡Ja! Si me subiera ahora mismo a un escenario tendrían que poner una alambrada para evitar que los fans acabasen conmigo.
    —Tonterías. ¡Vamos, levántate y sal de aquí! Ve y demuéstrales cómo se hace. ¡Demuéstrales quién es INDIO LENON!

    Y así, emulando aquel icónico acto que los Beatles realizaron en 1969 cuando tocaron en el techo de los estudios Abbey Road —y es que llevando el apellido Lenon (no Lennon) no podía ser de otra manera—, el Indio subió al tejado de su casa, se quitó los pantalones y brindó un último recital para sus odiosos vecinos. Afortunadamente para éstos, el obsceno espectáculo sólo duró cinco minutos, los agentes del orden irrumpieron en el tejado y arrestaron al artista.
    —Sí, señoras y señores —anunció cuando lo llevaban en la patrulla— INDIO LENON ha vuelto.

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R.

4 comentarios:

  1. Un relato de puta madre tio.
    Sin mas, un placer haberte leído.

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  2. Excelente narración, estupendo desarrollo de una original historia. Todos en algún momento de nuestras vidas fuimos fans de un rockstar: en mi caso de Jhon Lennon. El deterioro de sus vidas es presentado de manera magistral. Mis felicitaciones más sinceras. JV

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  3. Me ha encantado esta historia de narración impoluta. El personaje es brutalmente real, odioso, respetado, atractivo.Un texto ágil y muy rico en referencias,que se lee solo.

    Te felicito y te envío saludos.

    Setefilla

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  4. Me llamó la atención el título y la verdad es que he quedado gratamente complacido con este texto. En el de hoy “Piñata” supongo que solo fue un beve instante de iluminación, jeje.
    Saludos Dr. y adelante con otro como este, sobre Indiolenon tal vez.

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