1 jun. 2012

Apophis


2012

 Indiolenon #012


Por la calle Ampíes de Coro vivía Tomasito, el superhéroe.
Desde la fortaleza de su cuarto jugaba a ser más grande que el Señor; un día lo logró…

Su nombre aún está grabado en el pupitre del liceo,
«¿quién, cara de culo, estará sentado en el?».


Paredes forradas con carteles de ciencia ficción: Blade Runner, Metrópolis, 2001: Odisea del espacio; repisas repletas con figuritas de acción y robots transformables: Boba Fett, Mazinger Z, Optimus Prime; comics, mangas, una vieja máquina de escribir y un Martillo de Lucifer tirado por allí describían perfectamente al inquilino de aquella habitación: Tomás, un otaku, un nerd, un freak, uno de esos niños que seguirían unidos al cordón umbilical durante al menos cuarenta años.
Entre las muchas particularidades que entrañaba un chico con su perfil, valía la pena mencionar solo una… una muy especial: de noche, cuando sus progenitores se iban a la cama, Tomás aseguraba la puerta del cuarto, se anudaba una toalla roja alrededor del cuello, se ponía sus underoos de Superman y se sentaba a disfrutar de otro maratónico especial de su programa predilecto: “Los Súper Amigos”; Batman, Robin, Superman, Aquaman, Linterna Verde, Flash, Hombre Halcón y… y… En el momento en que su personaje favorito hacía aparición, el jovencito levantaba la vista y contemplaba con excitación el enorme poster tamaño natural que dominaba la pared frente a él: Lynda Carter (la actriz que había interpretado a la Mujer Maravilla en la serie de los 70’s) aparecía en aquel diminuto traje de superheroína: un corpiño rojo ceñido al cuerpo y unas pantaletas azules con estrellas blancas; enseguida el muchacho se tumbaba sobre la cama y volvía a experimentar aquella recurrente alucinación masturbatoria:
«¿Podría ser María Constanza mi Mujer Maravilla?».

María Constanza era, sin muchos rodeos, una zorra. La niña más arpía y desvergonzada del mundo. Alta, esbelta, de cabello ensortijado, boquita de pescado y grandes ojos verdes como agua de mar. “Era tan bonita la ninfa que no parecía real, flotaba en vez de caminar.” Todos los chicos del liceo, por no mencionar al portero o a los profesores solitarios que la miraban de soslayo, se sentían atraídos por aquella Lolita letal que cada tarde durante la hora de educación física se paseaba por el patio en apretados shortcitos de gimnasia, tentándolos. «Pobres muertos de hambre», chasqueaba la buscona.
«Eres una imbécil María Constanza —le increpaba Tomás desde su escondite, detrás de la cantina—. Claro que lo eres, ahí estás, entretenida escribiéndole mensajes a todos tus novios ridículos en vez de hablar conmigo un rato. A mí me gusta echar cuento, ¿sabes?».
Tomás era un Peter Parker cualquiera, incomprendido, siempre urgido, sin tiempo para atarse los zapatos, caminaba entre la gente como un chico corriente pero no lo era, ni en broma; cuando se calentaba le salía humo por las orejas y cuando se ponía nervioso canturreaba Spiderman / Spiderman… versión Ramones. ¡No! No era ningún tonto. Jamás salía a la calle disfrazado de Superman ni se lanzaba por la ventana intentando alzar el vuelo, una vez lo intentó pero se le atoró la capa en un cují y casi se ahorca. «¿No estás ya grandecito para andar viendo muñequitos? —le interrogaban sus padres, con preocupación. ¡Ponte a practicar fútbol, has amigos, búscate una novia!». Tomás no tenía amigos y nadie quería serlo, y sobre ese asunto de las chicas era mejor no comentar. Incapaz de integrarse a la sociedad apenas si abría la boca para hablar, aunque —según él— detrás de su silencio se ocultaba un carácter complejo y siniestro. No obstante, a diferencia del encapotado Bruce Wayne, él sí tenía un auténtico superpoder: una fértil y muy poderosa imaginación capaz de recrear personajes y acontecimientos que rivalizaban incluso con la realidad misma. ¿Mencionamos ya su vieja máquina de escribir? Tomás también era un pujante autor de ciencia ficción. Entre los centenares de escritos que tenía engavetados había uno que hablaba acerca de un cometa y el fin del mundo; cuando decidió enviarlo al periódico escolar, la Directora —una cuarentona que siempre andaba de mal humor— le había salido con «no nos parece apropiado», pero finalmente la mujer accedió y el cuento se publicó. Desde ese momento todos en el liceo sospecharon de él, lo evadían, le temían; todos excepto uno, su tocayo, su archienemigo: el Tomás bizarro, un gordo abusivo que medía como dos metros.
—Así que el superhéroe” se cree más grande que el Señor exclamaba el muchacho. Como si fuera tan difícil...

Y sucedió que un día fue avistado en el cielo un cuerpo brillante distinto al sol. Todo el personal del liceo, alumnos y profesores, salieron al patio a ver qué era: «es un pájaro, es un avión... ¡No, es Apophis! —dijeron unos, refiriéndose al cometa que Tomás había descrito en el periódico—. ¡Apophis!». Y mientras los ojos oteaban con incredulidad aquel turbio firmamento, Tomás no dejaba de contemplar con ilusión a su siempre adorada María Constanza. «¿Podría ser María Constanza mi Mujer Maravilla?». Por desgracia una de las amiguitas jalabolas de ésta lo pilló en plena idolatría y lo delató:
Chama, adivina quién te anda sadiqueando.
¿Quién?
El baboso del Tomasito.
Cuando su Diosa giró la cabeza, el sol arrancó destellos dorados de su hermosa cabellera ensortijada: «¿Qué me ves? —le preguntó ella, fulminándolo con sus grandes ojos verdes cual rayos gamma—. Zapatea pa otro lao, baboso». Y como era de esperar Tomás comenzó a temblar… ¡a temblar y a cantar! Spiderman / Spiderman… Todos en el patio dejaron de escudriñar el cielo y estallaron en una sonora carcajada. Risas, risas, risas; bocas, dientes, lenguas. La cabeza del muchacho era una olla de presión, humo, puro humo. «Muero por tener una aplanadora. ¡Y aplanarlos!». Avergonzado, se abrió paso a empujones entre la multitud y corrió a esconderse una vez más detrás de la cantina: «Eres una imbécil, María Constanza —masculló, sollozante. Claro que lo eres. Ya no quiero que seas más mi Mujer Maravilla, ya no más».
Y de pronto, como si la fuerza de gravedad hubiese dejado de ser una ley fundamental, sus pies despegaron del suelo y poco a poco empezó a elevarse, a flotar… ¡a volar! Y mientras volaba, decenas de novelas gráficas y tiras cómicas: Watchmen, Maus, Condorito, agitaban sus páginas a manera de bellas alas multicolores, y lo escoltaron en un vuelo rasante sobre el liceo. ¡ZOOOOOOOM!
Pero aquella sublime ensoñación duraría apenas unos segundos, una mano lo jaló por la camisa y lo trajo de vuelta a la tierra:
—A cada rato que te nombran pienso que es a mí a quien nombran —le acusó su tocayo, el temible Tomás bizarro, empujándolo con fuerza dentro de uno de los salones vacíos—. Ya estoy harto de voltear y ver que no se trata de mí, que nunca se trata de mí, sino de ti, cara de culo.
El villano lo atenazó con fuerza por el cuello y comenzó a ahorcarlo.
—¡Hasta mi pupitre lleva tu nombre! ¿Te sentarás también en él?
En el momento en que a Tomasito empezaba a faltarle el aire la puerta se abrió y, para sorpresa de ambos, la Directora entró al salón y se quedó ahí, de pie, observándolos. El agresor, que se había puesto blanco, soltó a su homónimo y lo empujó con ira contra los pupitres: «¡Ojalá te murieras!» le gritó antes de salir huyendo al patio.
—S-siempre es lo mismo musitó el maltrecho Tomás entre lágrimas, siempre a mí. No soy ningún superhéroe, ruedo por las escaleras, me llevo las cosas por delante, me tiran pepas de mango y me cagan los pájaros…
Al principio la mujer quiso echarse a reír pero algo la contuvo; entonces, en un inusual acto de gentileza, se acuclilló para ayudar al muchacho a ponerse de pie y por un instante se asomaron bajo sus faldas unas pantaletas azules con estrellas blancas… PUM PUM, corazón palpitante. El chico se limpió los mocos y se levantó. Las piernas le temblaban, las manos le sudaban, en todo el tiempo que llevaba estudiando en aquella institución jamás se le había cruzado por la mente semejante interrogante:
«¿Podría ser la Directora mi Mujer Maravilla?».
Armado de valor se aventuró a preguntar:
—¿L-le gustaría ir a mi casa a ver los “Súper Amigos”?
La mujer, confundida, volteó nerviosa hacia uno de los ventanales y peló los ojos.
—¿Pero qué te has creído, niño? ¡Despierta! ¡En breve nos caerá un meteoro!

Y tal como el chico vaticinó en su texto, el cielo se abrió y Apophis, con su larga cola llameante, cruzó el firmamento e impactó la tierra con una fuerza equivalente a 20.000 bombas atómicas, “…fulgor maravilloso venido de los cielos”. Aquella misma tarde, de entre los escombros, Tomás rescató su vieja máquina de escribir y la estrelló con ira contra el suelo.
—¡Vaya superpoder de mierda! —gritó, y las palabras emergieron de su cabeza dentro una nubecilla blanca, como en los comics.

FIN

En 2004 fue descubierto Apophis (99942), un asteroide de casi 500 metros de diámetro y más de veinte millones de toneladas de peso que, según la NASA, colisionará con la Tierra en el año 2036. 

La agencia espacial también estimó que uno de los lugares de impacto más probables será Venezuela.

“Si un asteroide se dirigiera a Nueva York solo cabría rezar…”
                                                Charles Bolden, Administrador Jefe de la NASA. 2013.

R.