15 mar. 2014

Guasón and friends

2014






Lo que hace la ladilla...


R.

2 mar. 2014

Una historia de carnaval

2014

Dibujo: Daniel Aranda

























Aquella tarde Gleudy regresaba de la escuela muy feliz, pues había llegado el carnaval y con éste los respectivos días de asueto. No obstante, al adentrarse en la vereda que conducía a su casa, el chico se puso blanco al ver a lo lejos a tres de sus vecinitos. Sabía lo que iba a suceder.
¡Corre, Gleudy, Corre!
Sin perder el tiempo dio media vuelta y emprendió la huida. «¡Allí está! —exclamaron los niños al verlo correr—. ¡Párate!». Pero Gleudy, ni pendejo que fuera, se detuvo. Astutamente cruzó en la esquina, le dio la vuelta a la cuadra y volvió a tomar la vereda por el otro lado hasta perderlos. Por desgracia a unos metros de su casa tropezó con un peñón y rodó por el suelo. En un santiamén sus perseguidores lo alcanzaron y sin compasión procedieron a acribillarlo:
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!
Estallaron las bombas de agua.
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!
Una vez satisfechos, los tres niños-azotes, se alejaron por la vereda muertos de risa dejando al pobre Gleudy empapado de agua y lágrimas.
Años después, Gleudy, un hombre alegre y trabajador, aún tiembla al ver en el calendario la llegada de aquella traumática fecha: el carnaval; y por supuesto, las temibles bombas de agua de los siempre renovados niños-azotes.
—Chao, querido —le dijo su amorosa esposa en la puerta—. Que te vaya bien en la oficina.
Gleudy avanzó con cautela por la vereda, siempre pendiente, desconfiado, mirando sobre su hombro. «¡Alto ahí!» le ordenó de repente una voz infantil; pero lo último que hizo Gleudy fue detenerse. ¡Corre, Gleudy, Corre!
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!
Estallaron las bombas de agua a pocos centímetros de él.
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!
A lo lejos vio el autobús y enseguida le salieron alas en los pies. A punto de arrancar el transporte, Gleudy pegó un brinco y se sujetó fuertemente de la puerta. «¡Aquí te esperamos! —le gritaron los niños, al ver cómo su víctima se alejaba—. ¡No te esconderás!».
Más tarde, en la oficina, un agobiado Gleudy se pasó la jornada entera pensando en cómo evadir el inminente ataque de aquellos niños-azotes que sin duda lo estarían esperando de vuelta a casa. ¡Piensa, Gleudy, piensa! Pero las horas transcurrieron y ninguna idea le vino a la cabeza.
Entonces. a las 6:00 pm, resignado, apagó su computadora y bajó a esperar el autobús. En el trayecto hasta la parada el hombre se detuvo frente una juguetería que estaba abierta y decidió entrar. A Gleudy siempre le habían fascinado las jugueterías; los robots, los soldaditos, los carritos, las naves espaciales, las pistolas… ¡Las pistolas!
Al volver a su barrio, tal como Gleudy supuso, los tres niños-azotes, aquellos que a sus ojos parecían los mismos niños de hace 20 años, lo estaban esperando en la vereda que conducía a su casa. Sí, ahí estaban, con sus sonrisas malévolas y sus temibles bombas de agua, listas para el ataque.
—¡Un momento! —les exclamó Gleudy.
El hombre puso el maletín en el suelo y lentamente lo abrió. Inmediatamente, para sorpresa de los niños, extrajo del interior una pequeña pistola de plástico y les apuntó. Éstos enseguida comenzaron a reír al ver cómo aquel hombre se atrevía a amenazarlos con su ridícula pistolita. «¡Pagarás!». Y alzando sus bombas dieron inicio al ataque:
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!
¡FRIIIIIISH!
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!
¡FRIIIIIISH!
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!
¡FRIIIIIISH!
Para asombro de los curiosos que aquella tarde presenciaron la épica “batalla de la vereda”, los tres niños-azotes terminaron empapados de pies a cabeza, mientras que a su ¿víctima? ese hombre de traje y maletín, no le había caído ni una gota. «¿Cómo pudo esquivar las bombas? se preguntaban los niños ¿Cómo pudo moverse tan rápido? Y sobre todo: ¿cómo pudo tener más puntería?». Humillados y ¿por qué no?, asustados por aquel Gleudy que les había hecho frente, los tres niños finalmente salieron corriendo a refugiarse a sus casas.
¿Qué contenía esa pistolita?, ¿agua?, ¿magia? ¿Quién era ese nuevo Gleudy que en un abrir y cerrar de ojos había plantado cara a sus miedos, vencido a sus enemigos y sobrevivido al carnaval? Pues sucedió que al entrar en aquella juguetería y pasear por los pasillos para curiosear los estantes, Gleudy comprendió que él también podía participar y disfrutar de esos juegos carnavalescos; que todas las personas, incluyéndolo a él mismo, podían, aunque sea por un breve instante, volver a ser niños.
Es por eso que ahora un renovado Gleudy, un valiente hombre de traje y maletín (y una pequeña pistola de agua dentro), cruzaba a salvo la vereda y entraba triunfante a su casa, recibido y premiado con el dulce beso de su esposa.



R.