23 feb. 2016

Edén: Coro (Capítulo V)

2014

Intro
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III

Capitulo IV


Que serena y triste era la noche en aquel estéril y post-apocalíptico desierto de Coro. Como triste era tener que enterrar a la única compañía que, tal vez, de algún modo, hubiese hecho más soportable aquel incierto destino.
    El hombre, único habitante de esta asolada humanidad fálica, es solo un patético ser resignado al consuelo momentáneo de una muñeca de plástico; un ser resignado a la espera de que un buen día (probablemente hoy) la Muerte llegue y lo borre para siempre de la faz de la tierra.
    «Señor —meditaba el Indio Lenon mientras sepultaba al payaso—. Juez y piadoso salvador. Perdónanos». Y mientras rellenaba la fosa, el Indio no dejaba de tararear aquella tonada circense, Entry of the Gladiators, era lo más apropiado: Tata-tararara-tata…

    Acabada la labor, Indio Lenon volvió a la casa. Justo entonces, en el instante en que trancaba la puerta, el leve murmullo de una regadera abierta en el segundo piso se dejó escuchar. «¿Otro pasajero?». El Indio tomó la pala, subió las escaleras en dos zancadas e irrumpió con violencia en el baño. Una vez allí, para su asombro, el mundo resultó ser un Edén fragante y amarillo.
    Alfombras amarillas, papel higiénico amarillo y unas velas aromáticas amarillas que hacían ver todo el interior del baño… sí, ¡amarillo! Las repisas estaban repletas de jabones, cremas, colitas y liguitas; también había un espejo de cuerpo entero y una cesta de ropa sucia con el contenido esparcido por el suelo: medias, licras, sostenes...
    Los ojos de Indio Lenon casi saltan de sus órbitas al descubrir dentro de la regadera sin cortinas a una enorme morena. «¡Qué sapo es éste!» exclamó al ver la gloriosa hendidura que la mujer, la última mujer del planeta, tenía entre las piernas. «¡Alabado sea el Señor, estamos salvados!».

    Comenzaba a amanecer. Los primeros rayos entraron por una ventanita e iluminaron la rolliza silueta de aquella hembra en plan de remojo. El agua rebotaba en sus pelos de alambre, los miles de pequeños diamantes adheridos a su piel no dejaban de brillar. El Indio no podía creer su buena suerte, a pesar de que el planeta se inundó y su mundo tal como lo conocía se había esfumado, aquella Eva de cuerpo generoso y cabello impermeable, verdadera belleza de Órdago, lo compensaba todo.
    De repente la muchacha cerró la llave y salió de la regadera. No se molestó en tomar la toalla, con retadora altivez avanzó chorreante por el baño. Sus tetas, enormes como globos, oscilaban de lado a lado salpicándolo todo... Entonces, sin mediar palabra se abalanzó sobre el intruso y cayeron sentados en la poceta.
    —¿Peso? —preguntó ella.
    El hombre apretó los dientes y negó con la cabeza. En el momento en que la chica sintió la inevitable erección del Indio, comentó:
    —No sería gracioso que siendo yo la última mujer del planeta no me atrajeran los hombres.
    Exhausto por el esfuerzo de enterrar y haberse desenterrado, Indio Lenon meditó: «¿Qué será de mi fiel Mecamante? ¿Se habrá quedado sin pilas? Bah, mejor espero a que endurezca la mierda».
    —¿Damos un paseo en tanque? —preguntó la muchacha en tono conciliador—. Desde que el mar engulló carreteras y gente ya nadie viene por acá.
    Pero el Indio ya no escuchaba. Con una tristeza en el alma y un pasmo en las piernas se asomó a la ventanita para observar el amanecer. Observó, animoso, a una burra parda que pasó trotando libremente entre las dunas de aquel estéril y post-apocalíptico desierto de Coro.

    FIN


Incluido en el libro de cuentos:
Niños, Meteroros y otros causantes del Fin del Mundo (2014)


R.

2 comentarios:

  1. Un saludo cordial para Ricardo Díaz Borregales y su libro de cuentos y su magnífico blog.

    Gabriel Jiménez Emán

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    1. Un verdadero honor recibir un comentario suyo, Maestro Jiménez Eman. Muy agradecido en verdad por visitar este humilde blog y leer mi libro de cuentos. Espero les gustara. Un saludo cordial también.

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